Análisis y Actualidad,  Internacional

¿Qué se cuece detrás de la crisis nuclear iraní?

(Abril de 2006)

“Me resulta difícil comprender (…) por qué la administración Bush continúa con su política agresiva contra Irán, especialmente en un momento en que su posición en Irak se encamina hacia el más completo fiasco, (…) pero seguramente lo que uno se interroga con mayor desconcierto es acerca de las razones que han llevado a la Unión Europea a mostrarse tan dispuesta a seguir a la administración Bush en una causa más que dudosa.”. David MacMichael, “An Unnecessary Crisis: The Iranian Nuclear Showdown” en Counterpunch, 22 de marzo de 2006.

Una guerra sin justificación alguna puede estar preparándose contra el pueblo iraní, y más allá de la opinión que nos pueda merecer el régimen iraní, los movimientos anti-guerra y anti-imperialista occidentales necesitan dar una respuesta a esta amenaza de agresión. La mera posibilidad de que se pueda reproducir o extender la catástrofe en Irak (más allá también de la opinión que podamos albergar acerca de posibles calendarios o incluso de si la actual amenaza a Irán no es más que una fanfarronada) debería ser un acicate para animar y renovar nuestra solidaridad con los pueblos de Oriente Medio, que se encuentran sometidos a invasiones y a toda suerte de presiones occidentales bajo el cínico pretexto de reestructurar democráticamente la región. Pero para que estemos a la altura de las circunstancias, parece cada vez más claro que necesitamos una mejor compresión de estas presiones, ya que no hay nada más desmoralizador que creer que los Estados Unidos y los otros países imperialistas conforman un sólido e omnipotente bloque. No obstante, no hay que perder de vista en ningún caso que, por más que la debilidad y la falta de estrategia occidentales sean más que evidentes, el peligro de ataque es real.

Es imposible saber exactamente lo que viene pasando en las múltiples negociaciones a puerta cerrada que están teniendo lugar en torno a la crisis nuclear iraní. Pero si es cierto que hay cosas que no podremos desenmarañar, no menos lo es que hay elementos de la situación que pueden ser interpretados.

Para empezar, y siendo breve, hay que reconocer que Irán no ha roto con sus obligaciones legales con el Tratado de No Proliferación (TNP). No vamos a entrar aquí en detalles sobre esta cuestión por dos razones: primero, porque si uno sigue la secuencia de hechos -desde los comienzos de las inspecciones de la AIEA (Agencia Internacional para la Energía Atómica) y de las negociaciones con los europeos en 2003, pasando por la suspensión voluntaria iraní de las actividades de enriquecimiento del uranio bajo el “protocolo adicional”, hasta llegar al rechazo por parte de Irán de las propuestas europeas del verano de 2005 y el subsiguiente retorno a dichas actividades de enriquecimiento -, queda claro que Irán vino actuando de buena fe durante las inspecciones y negociaciones, aunque eso sí, exigiendo en todo momento su derecho a enriquecer el uranio para fines pacíficos. Tal como admite este país, su solo pecado fue haber “escondido” su tecnología nuclear al Occidente, una tecnología que precisamente había sido en un principio suministrada y promovida por los Estados Unidos y Europa. El análisis bien documentado de David MacMichael, publicado en Counterpunch el 22 de marzo, pone fin a cualquier duda al respecto. Es interesante también leer la página completa que el propio gobierno iraní publicó en el New York Times del 18 de noviembre de 2005, en un esfuerzo por contrarrestar la incesante campaña occidental en su contra, y que es disponible en la página de Internet:

En segundo lugar, aunque no por ello menos importante, no debemos sobreestimar la legitimidad de los procedimientos de la AIEA, la cual es claramente utilizada por los países occidentales para hacer avanzar sus políticas imperialistas. No es cuestión de hacerse ilusión alguna acerca de la legitimidad de un TNP que es aplicado discriminatoriamente y de forma diferente (o no es aplicado en absoluto) según el país de que se trate, como podemos observar en los casos de Irán y Brasil, India, Paquistán e Israel. Tal como ha explicado con el más absoluto cinismo un comentarista-experto francés en Le Monde el 13 de enero de 2006: “Israel no ha firmado el TNP; por tanto, su programa nuclear [militar] no viola la ley internacional”. Ante esto, lo mínimo que se puede decir es que si las reglas y acuerdos de la “ley internacional” son sólo voluntarios, entonces, no comprometen absolutamente a nadie. Quede claro, dicho sea de paso, que esta última reflexión no ha de ser entendida como una manera de meter de contrabando la idea de que es necesaria la ley internacional, sino más bien como un llamamiento a poner en plaza alternativas reales y legítimas (y no sólo “legales”) que no sirvan a los intereses imperialistas.

Recientemente se ha hablado mucho de diferencias entre la posición de los países occidentales sobre Irán y la que mantienen Rusia y China. No hay dudas de que hay una diferencia fundamental entre las intenciones imperialistas de los primeros y los intereses mucho más amistosos que abrigan los citados países del Este con respecto a Irán. Esta desavenencia se hizo aún más evidente el pasado 30 de marzo, cuando en un ejercicio de “unidad” de los cincos con derecho a veto en el Consejo de Seguridad (más Alemania), se pudo llegar finalmente a la firma conjunta de un “ultimátum” (sin ninguna amenaza concreta), y al día siguiente, Rusia y China declararon que en ningún caso el problema podía resolverse mediante ataques militares o sanciones.

Efectivamente, Irán tiene relaciones y lazos económicos más amistosos con Rusia y China, aunque parece que hace bien en no confiar en ellos ciegamente. Rusia y China están maniobrando en el asunto de Irán tanto con la intención de apuntalar su fortaleza frente al Occidente como con la de conseguir una mejor integración en la economía mundial (la aceptación de Rusia en la Organización Mundial de Comercio es una de las fichas en juego; aceptación recientemente denegada de nuevo por los Estados Unidos). En cualquier caso, tales diferencias y tensiones entre el Oeste y el Este vienen de antes de la crisis con Irán y no pueden explicar la reciente escalada internacional en torno a este país, y aún menos explican por qué los Estados Unidos deberían atacar Irán precisamente ahora, en un momento nada apropiado para aquel país, incluso teniendo en cuenta la carrera por el petróleo. La verdad es que para entender lo que está pasando, necesitamos prestar mayor atención a las tensiones (más o menos encubiertas) entre los Estados Unidos y Europa y a sus respectivas relaciones con Oriente Medio, ya que es del campo occidental de donde provienen las presiones contra Irán.

Algunas voces oficiales en Irán, al igual que muchos otros observadores, han sostenido que el reciente esfuerzo de los europeos para comprometer a este país en la vía de las negociaciones ha sido por encargo de los Estados Unidos, que son los que de verdad alimentan la agresión contra Irán. Dicen, en pocas palabras, que ya que los Estados Unidos no pueden seguir actuando unilateralmente, han permitido que sus lacayos tomen la delantera, iniciando así una ronda de falsa diplomacia a fin de preparar el terreno para las verdaderas medidas que tienen en mente. En realidad, este argumento concede demasiado poder a los estadounidenses, cuya precaria y vacilante situación tanto económica como militar aparece más obvia ante muchos gobiernos que ante las propias fuerzas progresistas internacionales. Y es que: ¿por qué razón Francia y Alemania, en lo que supondría un giro de 180° con respecto a su posición en la guerra de Irak, apostarían ahora por la estrategia de los Estados Unidos con respecto a Oriente Medio?

La respuesta es simple: no lo han hecho. El actual consenso del “Oeste” en el Consejo de Seguridad de la ONU encubre profundas fallas que explican el porqué se ha llegado a la situación actual. Ha sido Europa la que ha estado en el origen del actual “problema” nuclear iraní, no los Estados Unidos, a fin de forzar su propia presencia en la región. Los europeos esperaban someter a Irán por la vía diplomática y establecer una relación privilegiada y política entre la Unión Europea y ese país, excluyente de los Estados Unidos. En este sentido, David MacMichael está en lo correcto cuando argumenta en su artículo del 12 de marzo en Counterpunch que quizá los europeos “temen que si los Estados Unidos, en alguna medida, tienen éxito en su objetivo de convertir a Iraq en una quasi-colonia y luego son capaces de someter a Irán, entonces ellos, los europeos, serían marginados completamente en el futuro de la escena de Oriente Medio.” Este es el análisis que debería desarrollarse aún más al objeto de comprender la situación.

Cierto que ahora, ni los europeos ni nadie piensan realmente que los Estados Unidos van a tener éxito en su colonización de Irak. Pero en 2003 sí que lo temían, y por ello los primeros comenzaron un proceso de diplomacia y de negociaciones encaminados a asegurar una relación con Irán en beneficio propio. Tanto si los Estados Unidos tenían éxito en Irak como si no, los europeos necesitaban poner un pie en la región para garantizar así su presencia futura allí al mismo tiempo que prevenir una posible mayor desestabilización de la misma, por parte de los estadounidenses, que afectaría a sus intereses. Pensemos en el resultado que para Europa habría tenido que los Estados Unidos hubiesen colonizado Irak según sus planes. Se habría consumado la división entre la “nueva” Europa (alíada a los Estados Unidos) y la “vieja” Europa, acabando así con la capacidad europea para actuar autónomamente en la escena internacional. El viejo continente habría sido sometido a los intereses de los Estados Unidos y al ritmo que estos le impusiesen en todo lo concerniente a Oriente Medio; en realidad, habría sido descartado de la zona, salvo cuando los Estados Unidos le permitiesen una presencia. Pero, por otro lado, en caso de fracaso, los estadounidenses arrastrarían también a los europeos, tanto por la asociación de estos con los Estados Unidos como por la inestabilidad resultante de dicho fracaso, que haría peligrar los propios intereses de Europa y su acceso al petróleo. Es por ello, que Europa necesitaba en cualquier caso contar con un bastión amigo en la región y ponerse en condiciones de obstaculizar una nueva conflagración norteamericana, aprovechando la cuestión nuclear de Irán para intentar crear su propia zona de influencia en Oriente Medio.

Ahora consideremos las implicaciones que para los Estados Unidos habrían tenido que Europa hubiese culminado con éxito el pasado agosto su maniobra de acorralamiento diplomático de Irán. Un Irán pro-europeo, con la “colonia” estadounidense de Irak en llamas a las puertas y la invasión de este país deslegitimada, habría consolidado la potencia europea tanto internacionalmente como en la región, demostrándose la necesidad de su presencia en el tablero internacional como un actor mayor.

En la práctica, la apertura europea a los iraníes (y “apertura” es la palabra correcta) se ha ido desarrollando frente al creciente fracaso de los Estados Unidos en asegurarse Irak y ante la situación de pre-crisis económica norteamericana. En oposición a un imperialismo estadounidense abiertamente agresivo en Asia del sudeste y central, los europeos han mantenido un imperialismo (“suave”) más contenido, económico, hacia los países del Este, comenzando por los países de Europa oriental para extenderse posteriormente a Ucrania y a Oriente Medio. Europa necesita desesperadamente asegurarse de un suministro de petróleo fiable, amistoso y a largo plazo, y la locomotora alemana busca mercados, fuentes de suministro y una mano de obra barata para sustentar su expansión económica. Más importante aún ahora, Europa necesita un cortafuego contra la “proliferación” de fiascos norteamericanos como el de Irak. Con los Estados Unidos en una posición de debilidad tanto económica como en los escenarios militares, la Unión Europea parece que ha estado intentado sacar ventaja de la hegemonía tambaleante de aquellos en vista a comenzar un proceso de acaparamiento de Irán. En este sentido, no se proponía ni “cambiar de régimen”, ni un ataque militar, ni sanciones económicas. Y es que la última cosa que desea la Unión Europea es desestabilizar aún más la región de Oriente Medio. Más bien persigue hacer de Irán un “asociado”, un terreno de pasto, al cual acceder con prioridad.

Repasemos brevemente el proceso de negociaciones que los europeos llevaron a cabo con los iraníes. En el verano del 2003, después de que hubiesen comenzado las inspecciones de la AIEA, la “troika” europea (Francia, Gran Bretaña y Alemania) abrieron un proceso de negociaciones con Irán, en las que a cambio de que este pusiera término a los aspectos problemáticos de su programa nuclear, le ofrecía inaugurar un período de relaciones privilegiadas en los terrenos político, económico y militar. Las negociaciones iniciales trajeron como resultado, en el otoño de 2003, la firma voluntaria por la parte iraní del protocolo adicional al TNP, que implicaba la suspensión del proceso de enriquecimiento del uranio al mismo tiempo que se permitían inspecciones por sorpresa. Esto fue hecho en vista a un acuerdo, que se materializó el 15 de noviembre de 2004, el Acuerdo de París, en que se decidió la continuación de las negociaciones hasta la firma de un tratado entre las dos partes, a cambio de futuras inspecciones y la suspensión de la actividad en las instalaciones nucleares.

Después de que en la primavera de 2005, la esperada proposición concreta de cooperación siguiera sin materializarse, y tras las elecciones en Irán que dieron paso a un nuevo presidente, este país decidió forzar la cuestión en agosto de 2005 anunciando la reanudación del enriquecimiento del uranio. La Unión Europea respondió con la amenaza de llevar el asunto al Consejo de Seguridad de la ONU, y luego le pidió a Irán que esperase hasta que su propuesta le fuera entregada. Los europeos entregaron a Irán su propuesta de cooperación el 5 de agosto de 2005, la cual fue inmediatamente rechazada por este país, ya que en ella se le requería que cesara permanentemente todo enriquecimiento del uranio (el uranio enriquecido le sería en adelante suministrado por la Unión Europea u otros países) al mismo tiempo que no obtenía garantías concretas de cumplimiento de las promesas que le habían sido hechas en el proceso de negociaciones.

La oferta de la “troika”[2] del 5 de agosto de 2005, que Irán rechazó como “insultante”, incluía en la forma de “incentivos”: acceso a “las tecnologías [europeas] de medio ambiente, de comunicaciones y de información; preparación en el terreno de la educación; […] estimular la cooperación en áreas tales como los transportes aéreo, ferroviario y marítimo, la sismología, infraestructuras, la agricultura y la industria de alimentos, y el turismo” así como “promover el comercio y las inversiones” y “apoyar la ascensión de Irán a la Organización Mundial de Comercio (OMC), y darle asistencia técnica para que realice los necesarios ajustes técnicos a su economía.” Léase: convertir a Irán en un verdadero terreno de pasto donde los europeos llevar a cabo sus inversiones y ejercer su control. Una cláusula vista por los iraníes como particularmente insultante y condescendiente era aquella en la que se decía que [los europeos] estarían dispuestos a realizar una declaración política por la que veían a Irán como un fuente de suministro de petróleo y de gas para la Unión Europea.” Un editorialista iraní se refería a estos incentivos como “concesiones económicas del tipo de realizar compras de petróleo” y como un insulto al desarrollo ya avanzado de Irán. No obstante, es interesante comparar esta lista europea de incentivos con la ofrecida por los Estados Unidos durante el mismo período de negociaciones: apoyo a la adhesión de Irán a la OMC y el suministro de piezas de recambio para aviones. Tal como pretendían los norteamericanos, esta mísera “zanahoria” habría sido efectivamente considerada no ya sólo un insulto por los iraníes, sino también como un insulto al propio proceso europeo de negociaciones, que los Estados Unidos querían, y eventualmente lograron, minar.

Aunque parezca que Irán haya sido tentado por las “promesas” de los europeos, la verdad es que es un país que está en una buena posición para identificar las intenciones imperialistas que subyacen tras las presiones diplomáticas. La “troika” europea pensaba aparentemente que podría utilizar la cuestión nuclear para forzar a Irán a adoptar un único posible acuerdo; acuerdo que (aparte de las referencias a respetar la ONU y la ley internacional) prácticamente descartaba explícitamente a los Estados Unidos. Pero, con su oferta, los europeos venían a reconocer que una gran parte de su poder de influencia sobre los iraníes descansaba en que los Estados Unidos habían estado amenazando con atacarlos, y que Irán podría por ello estar forzado a concluir cualquier tipo de acuerdo con “Occidente”. Elegir a los europeos sería en ese caso el mal menor. Evidentemente, el cínico imperialismo de tapadillo europeo contrasta con el que su contraparte americana ejerce sin tapujos. La “troika” europea, en su declaración del 12 de enero de 2006, decía con toda la falsedad del mundo: “Los europeos negociaron con buena fe. El pasado agosto presentamos proposiciones de cooperación en los terrenos económico, político y militar con Europa que eran las más favorables de las que jamás Irán haya recibido desde la Revolución.” Sin embargo Irán, aunque, tal como se ha indicado, aparentemente estuvo tentado en algún momento por la oferta europea, no se llevó a engaños ante la hipocresía de un trato al estilo de “o te vienes con nosotros, o tendrás que vértelas con los leones”. Está claro que Irán no podía sino sentirse insultado por semejante uso de manipulación coercitiva con la que al final se le presentó la privilegiada relación de “cooperación amistosa”.

Tal trato habría sólo funcionado si Europa hubiese respaldado creíblemente sus promesas. Esto es lo que estaba realmente en juego en lo concerniente a la oferta europea, aunque no fuera mencionado por ambas partes: para Irán, aceptar la “relación especial” con los europeos habría significado convertirse en su protectorado. Esto explica que Irán se refiriera repetidamente durante el proceso de negociaciones a las “promesas” que se le habían hecho, y que al final se sintiera enojado al ver que no se materializaban en garantía concretas; probablemente, no en lo que respecta a los incentivos económicos, de cuya sinceridad y viabilidad los iraníes no albergaban dudas. En todo este aspecto particular de las garantías exigidas por los iraníes, difícil no pensar que el elemento crucial de la “seguridad” en la oferta original europea tuvo que tener bastante eco en Washington. ¿Por qué Irán necesitaría respaldo militar? El Washington Post de 6 de agosto de 2005 plantea sin rodeos los límites que no podían sobrepasar las partes negociadoras: “Irán había esperado, en base a las propias palabras que en un principio venían de Europa, que las proposiciones de esta, ahora que tropas norteamericanas se encuentran en sus fronteras afgana e iraquí, incluirían una seguridad militar para el país ante posibles planes (militares) de los Estados Unidos. Pero los europeos sólo ofrecieron limitadas garantías en lo que respecta a sí mismos y no en lo concerniente a los Estados Unidos.” De acuerdo con la prensa iraní de 26 de julio de 2006, antes de que la propuesta europea fuera dada a conocer, una fuente oficial iraní “advirtió que la propuesta europea no debería limitarse a incentivos económicos y políticos, añadiendo que las bases están ya echadas para una cooperación de Irán con Europa a fin de resolver crisis como las de Irak y Afganistán así como afrontar la lucha contra el terrorismo.”

La Unión Europea había esperado cínicamente esgrimir la “fuerza diplomática” para asegurarse un acceso privilegiado a los recursos y al mercado de Irán (y de paso contar con una posición privilegiada en el Medio Oriente); una apuesta que han perdido, dada su incapacidad militar (cosa que sabe Irán) tanto para imponerle a Irán un determinado intercambio, como para protegerle. Durante las negociaciones, la Unión Europea dejó claro que no podía llegar a un acuerdo que no contase con los Estados Unidos, lo que revela a la vez la diplomacia con la que debe conducirse con la primera potencia mundial y esa actual debilidad militar europea de la que hablamos. Es posible que al final, tal como Irán denuncia, Europa haya recibido presiones de los Estados Unidos en el sentido de que tenía que dejar de lado todo lo que supusiese garantía reales para Irán; y que, efectivamente, los europeos hayan concluido que no iban a tener fuerza suficiente para responder a todas los posibles desbordamientos en caso de que los Estados Unidos no hicieran marcha atrás en su dinámica directamente agresiva contra los iraníes. Baste considerar las implicaciones reales de la propuesta europea: alineamiento de instalaciones militares a lo largo de las fronteras iraquí y afgana por una Europa aliada a uno de los miembros del “eje del mal”; algo que, sin duda, no podía sino ser visto por los Estados Unidos como una provocación.

Los intereses divergentes entre los Estados Unidos y Europa se pueden ver en el hecho de que los primeros claramente no han apoyado o creído en las posibilidades de éxito de la apertura de Europa a Irán; claro está, sin expresarlo explícitamente en público. Los Estados Unidos habían destapado la participación británica en el programa nuclear de Israel, quizá con la intención de minar la confianza de Irán en el proceso de negociaciones con Europa. Y habían revelado, justo días antes de la oferta europea del 5 de agosto, que actualmente Irán está aún a 10 años de la bomba; una revelación que en ese momento probablemente buscaba quitarle urgencia al proyecto europeo.

Lo que verdaderamente está en juego en la agresión de “Occidente” contra Irán no es la bomba nuclear, como bien sabemos, ni la bolsa de petróleo en euros, ni la cuestión del “apartheid nuclear” (el control del ciclo de utilización pacífica del combustible por un puñado de países desarrollados); si bien, todos estos elementos están presentes en una situación que es compleja. Más bien, la verdadera cuestión central es la que tiene que ver con la hegemonía estadounidense y el aumento de la inseguridad global futura en un contexto de competencia de imperialismos tras el fin del consenso de la Guerra Fría y la aparición cada vez más clara de grietas en la fachada imperial estadounidense. Efectivamente, el momento actual está marcado por más inseguridad internacional y por una incertidumbre que no se había conocido en generaciones. Exactamente como en el caso de Iraq, el principal interés de los Estados Unidos no es simplemente apropiarse a Irán, sino prevenir que sus rivales no lo hagan suyo. Un signo de la fragilidad de los estadounidenses es que el control de los tiempos en su agresión contra Irán no ha venido estando en sus manos, sino en las de sus rivales. Si Europa no hubiese forzado la cuestión de Irán, los Estados Unidos, dado sus problemas en Irak, no estarían haciendo los mismos ruidos de guerra que ahora estamos escuchando; unas vociferaciones que, por tanto, no pueden soslayar una falta de estrategia que cada vez se hace más notoria.

El caso es que ahora a los países de Occidente les resulta tan difícil echar marcha atrás como desestabilizar aún más la región. Los numerosos retrasos en el Consejo de Seguridad, junto con el reciente “ultimátum” descafeinado[3] sirven para mostrar que la situación “diplomática” es de total desorden. Al menos, Europa parece querer una salida honorable, al repetir ahora (después de haber amenazado el verano pasado con el Consejo de Seguridad y aún más) que desea mantener las negociaciones diplomáticas como hasta este momento. De acuerdo con Le Monde del 11 de marzo, diplomáticos europeos están ahora promoviendo, un poco ridículamente, un proceso “gradual y reversible”. Y según la AFP (Agencia France Press), el 17 de marzo, el ministro ruso de exteriores Sergei Lavrov decía en respuesta a la pregunta de si el Consejo de Seguridad podría llegar a la unanimidad sobre la cuestión: “Todo depende de las propuestas específicas que se tengan para discutir en el Consejo de Seguridad, y dada la falta de estrategia, no me puedo imaginar qué tipo de proposiciones puedan existir.”

Ahora, después del fracaso diplomático, la Unión Europea ha perdido la iniciativa y se ve abocada a permanecer completamente detrás del matón americano, incluso si este no quisiera una salida violenta. Sin embargo, las fisuras entre ambos son evidentes. Tras el teatro de “unidad” que se representó el 30 de marzo, de la que Condaleeza Rice se mostraba tan orgullosa, el ministro alemán de exteriores Gernot Erler declaró a una radio alemana: “el mundo entero puede ver quién es constructivo aquí y quién no” (dando a entender quién está por la diplomacia y quién está amenazando con ataques.) Dijo también que la opción de levantar las sanciones existentes, que él calificó como una “oferta muy atractiva” estaba todavía sobre la mesa. Es decir, Alemania no sólo no quiere sanciones, sino que desea levantar las ya existentes en una oferta que se parecería a la propuesta de la troika europea del pasado verano. Así que tenemos a los Estados Unidos empujando para la adopción de unas sanciones, que son apoyadas débilmente, al menos públicamente, por británicos y franceses, pero que son vetadas por Rusia y China, mientras los alemanes dejan caer la idea de que las sanciones existentes deberían ser (estratégicamente) levantadas: la situación dentro del Consejo de Seguridad debe ser de un “impasse” total.

Irán sabe todo esto. Como país que cuenta con una política extranjera y doméstica de relativa independencia –y por ello, naturalmente, en la línea de tiro–, Irán parece que sabe que su mejor esperanza de éxito es sacar ventaja de la situación actual (y nadie mejor que él para ver las contradicciones que se esconden tras la fachada de multilateralismo) y continúa manteniendo con fuerza una línea independiente. Pronto recibirá los dividendos por haberse conducido en la crisis sin perder su autonomía: la oportunidad de confrontar a su enemigo directamente sobre la cuestión iraquí. En ese encuentro podría obtener la promesas de “seguridad” que necesita de la parte de los Estados Unidos, a cambio de promesas por su parte de no interferencia en Iraq; la ventaja ahí puede que esté del lado iraní.

Ante este panorama, a los Estados Unidos les toca decidir si están realmente interesados en comenzar con el lanzamiento de bombas sin una esperanza realista de asegurarse el control del país; especialmente si esta agresión, tal como la de Irak, no es “legalizada” por Naciones Unidas. Un parlamentario ruso declaró recientemente que los ataques de Estados Unidos contra Irán “acelerarían el colapso de los Estados Unidos”, que no pueden sostener sus deudas (Gazeta, 31 de marzo de 2017). La estrategia norteamericana es volátil e irracional, pero el caso es que está en el interés de los Estados Unidos seguir por ese camino. Se trata de un país que obviamente está actuando desde una posición de debilidad, empantanado en dos guerras, y dependiente del petróleo mundial y del financiamiento de sus deudas. Y tal como un matón, su respuesta a su debilidad es ser aún más agresivo, al menos de palabra.

En este sentido, el “consenso” entre superpotencias para llevar a Irán al Consejo de Seguridad, más que relacionado con la propia cuestión iraní, puede que se trate de un compromiso internacional para hacer actuar a los Estados Unidos de acuerdo con las reglas internacionales. En cuanto a la agresividad verbal, aunque es efectiva hasta un cierto punto, tiene sus límites. Lo cierto es que los Estados Unidos están dispuestos de forma irracional a llegar adonde sea con tal de mantener su tambaleante hegemonía. Un ataque aéreo (no “autorizado”) sobre Irán podría servir también a los Estados Unidos para su objetivo de poner las cosas difíciles a sus rivales, Europa y China. Dado que su única verdadera fuerza, sin comparación posible, reside en lo militar y no en lo económico o en lo diplomático, EEUU actúa como un bombero pirómano, metiendo fuego en diferentes escenarios a fin de crear una razón que haga necesaria su presencia allí donde se desatan incendios al tiempo que se previene contra una presencia de sus competidores. Está convencido de que, al menos, en la medida en que Oriente Medio se haga cada más inestable, más difícil resultará también para Europa y China mantener allí su presencia. Como un desesperado y tambaleante imperio –aunque todavía, y con mucho, el más fuerte–, Estados Unidos sólo puede mantener su potencia relativa prendiendo gigantescas barreras en el camino de sus rivales.

Vicente Sarasa

[1] Artículo redactado conjuntamente con Michele Brand, que lo publicó en EEUU bajo el título: What’s driving the Iran Nuclear Crise? (Ver www.counterpunch.org en la edición 7-9 de abril de 2006)

[2] No confundir con la conocida Troika en el ámbito económico: Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional. Aquí nos referimos al ya mencionado trío formado por Francia, Gran Bretaña y Alemania.

[3] Este artículo fue publicado el 7 de abril de 2006.

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