Análisis y Actualidad

La lección de China… y el imposible aprendizaje de Occidente

China asombra al mundo. Pese a la delirante propaganda de la famosa “científica exiliada”, promocionada en prime time por el “milenarista” Iker Jiménez, ya nadie puede evitar que muchos ojos occidentales se centren en el gigante asiático. Las imágenes de un país saliendo a flote tras la pandemia, mucho más fuerte que el resto; de las ciudades futuristas con rascacielos iluminados, mucho más elocuentes que cualquier propaganda; de la gente caminando ya sin mascarillas y contenta; de la alta tecnología al servicio por fin de la población… son ya imposibles de ocultar. ¿No son evidentes la envidia y el pataleo enfermizos cuando nuestros políticos más cavernícolas tratan de colarnos la anticientífica noción del “virus chino”?

Más todavía les irrita siendo China un país (por no decir un continente) gobernado por el Partido Comunista, fundado hace un siglo por un azote de la burguesía donde los haya como fue Mao Tse Tung. La revolución China, es cierto, sufrió envites. ¿Cómo no iba a tenerlos tratándose de una revolución que heredaba un inmenso país con muchos atrasos feudales, martirizado por la invasión japonesa y que tenía que lidiar en adelante con un campo imperialista que violentaba las relaciones internacionales? ¡Con qué facilidad se olvida esto a la hora de emitir juicios de valor desde el progresismo occidental! Pero, a diferencia de lo sucedido en la URSS, el partido aquí pudo mantenerse en el poder.

Más allá de debates teóricos o ideológicos sobre retrocesos y demás, hay algunas realidades que emergen como lo principal y que explican, además, los éxitos cosechados por China en su lucha contra la pandemia. Por ejemplo, el hecho de que la banca en China sea pública. O de que el Estado siga conservando los resortes fundamentales de la economía, sus sectores estratégicos y de que, merced a ello, pueda llevar a cabo una planificación económica centralizada en función de las necesidades reales de su gente. Sobre todo hay que realzar esto cuando se hace la comparación con un occidente capitalista donde también hay planificación estatal –negando si preciso su sacrosanta economía de mercado- pero exclusivamente al servicio del rescate criminal de los grandes emporios financieros y empresariales. 

Planificación económica centralizada en función de las necesidades reales de su gente, sí.  Cuando China cerró el mercado de Wuhan el 1 de enero del presente año, nadie podía imaginar que ese misterioso brote de neumonía atípica marcaría este año a fuego, acelerando y agravando la mayor crisis desde las devastadoras guerras mundiales (y acaso con consecuencias más destructivas en lo económico que las mismas). Lejos de hablar de “virus chino”, habría que destacar que otros países estuvieron avisados (España tuvo dos meses para prepararse), mientras que China fue sorprendida por el primer golpetazo. Pese a ello, su respuesta fue rapidísima y coherente.

Las medidas fueron implementadas con admirable eficiencia. En primer lugar, el confinamiento de Wuhan, una ciudad de 10 millones de habitantes. La gente era confinada en sus casas, pero, a diferencia de lo sucedido aquí, las autoridades garantizaron su manutención desde el primer día. Todo ello fue coordinado por los Comités de Barrio. Sin ellos, sin la participación del poder popular, nada habría sido posible. Que tomen nota esos que tantas “lecciones de democracia” quieren darles, cuando Occidente está dominado por la dictadura de mercados financieros que usan los parlamentos como títeres de una democracia ficticia. Allí el pueblo se organizó, en torno a sus autoridades, para solucionar sus propios problemas. Y si hablamos de democracia real -es decir, económica- ha sido en España donde hemos visto desahucios y cortes de luz en pleno confinamiento, no en China: allí estaba prohibido.

Como decimos, el mundo ha visto imágenes de estos Comités de Barrio repartiendo bolsas de comida bloque por bloque, puerta por puerta, a millones de habitantes. Pero también ha visto un sangrante contraste: en España, supuestamente nos han confinado, pero sin garantizarnos nada e imperando, claro, el “sálvese quien pueda”. Y decimos supuestamente porque, en España, salvo en dos semanas específicas de abril, el resto del tiempo la población ha seguido yendo a trabajar. ¿Qué tipo de confinamiento incoherente es ese, en el que un trabajador no puede tomar una cerveza al aire libre a la salida de su puesto, pero sí puede desplazarse a dicho puesto en vagones atestados? ¿A quién pretendían engañar culpando a una manifestación de la extensión de la pandemia, cuando cada mañana y cada tarde millones de trabajadores se desplazan en metro y transporte público, en Madrid y en todas las ciudades españolas?

Sigamos con los sangrantes contrastes. Las autoridades chinas realizaron una prueba PCR a cada habitante de Wuhan: 10 millones de test en un periodo cortísimo de tiempo. Aquí las dificultades (cuando no la negativa) para que desde la sanidad pública te haga la PCR es la condición necesaria para que los laboratorios privados estén haciendo un lucrativo negocio Pero eso no es todo. En China los casos se han localizado de forma precisa empleando la más moderna tecnología. ¿Ese es el país atrasado? Cada ciudadano chino podía saber exactamente los casos de Covid detectados en su zona. ¿Ese es el país sin transparencia? ¿Y acaso en China no han dudado en utilizar infraestructura hotelera al servicio de cuarentenas inteligentes y al servicio del personal sanitario mientras aquí está el inmenso parque de hoteles en gran parte cerrado con los dueños encima exigiendo que se les rescate a ellos también?

Incluso ya superada allí la pandemia, en el metro, un termómetro de infrarrojos mide la temperatura de todo el que va a acceder. Si tiene fiebre, nunca llega a entrar y es trasladado a un hospital para realizarle inmediatamente la prueba pertinente. En el aeropuerto, nuevamente imágenes futuristas y de máximo control sanitario: PCR en origen a todo el que desee entrar en el país, controles de temperatura, máxima profilaxis y desinfección de todo lo que se toca e incluso de lo que se pisa. ¿Qué hay en ello de “opresión a la libertad”? ¿No es justo lo contrario: medidas sanitarias donde, al fin, es la salud y no los intereses del mercado rentista lo que se pone en el centro? Es de suponer que, como siempre, hay que preguntarse, a lo Lenin, “libertad… para quién; libertad… para qué clase”.

El resumen de todo esto es que China ha superado el coronavirus porque podía detener su economía de manera breve pero intensa. Occidente, en cambio, no. Aquí somos rehenes de la peor dictadura: la de los mercados financieros, la de la bolsa, la de la prima de riesgo… o, en suma, la dictadura de la banca. Es decir, la de todos aquellos intereses económicos a los que sirve Bruselas. Y a los que no sirve Pekín.

Pero en cualquier caso la izquierda no puede prescindir del contexto y errar nuevamente el disparo. No se trata de pedir aquí “más y mejores confinamientos”, haciendo calco y copia de la experiencia China. O, mejor aún, si vamos a hacer calco y copia, hagámoslo bien. No podemos calcar sus medidas sin calcar también su modelo productivo. Por tanto, para poder lograr lo logrado por ellos, hay que nacionalizar la banca y garantizarle a toda la población su sustento. Solo entonces podremos aplicar un verdadero confinamiento, en el que la gente no tenga que salir a trabajar porque hayamos planificado el sustento y la cuarentena; y frenar así en seco un virus que, en realidad, podría morir en semanas. Y al que no podemos destruir por el sencillo motivo de que nuestro sistema económico es una rueda de ratón que no sabe detenerse, precisamente por no tener en Europa una economía planificada como tienen en China, sino el caos y el desorden que dimanan de nuestra dictadura oligárquico-bancaria.

Pretender aplicar más confinamientos o incrementar las restricciones en España, en las condiciones descritas, no solamente es como pretender detener una ola con las manos en lugar de construir un verdadero dique. Sino que supone también la ruina para millones de pequeños negocios, y de los trabajadores que están empleados en ellos y que irán, para empezar, a la calle, y quién sabe si a la mendicidad. ¿Confinamiento? Sí, pero como tercer elemento de una triada inseparable. El primero: nacionalización de la banca. Y el segundo: planificación racional de la economía, para verdaderamente “no dejar a nadie atrás”, más allá de eslóganes demagógicos de los mismos que ya ni por retórica nos hablan de la expropiación de los cuervos del Ibex. No: esto no “lo superamos unidos”… sino más bien uniéndonos como pueblo para separarnos de los oligarcas. O, más precisamente, para separarlos a ellos de sus riquezas, que no son sino botines, y ponerlas en manos de todos.

Actualmente, China, el país más poblado y grande del mundo, apenas registra casos y reacciona rápida y contundentemente cuando registra alguno. El gigante asiático ha demostrado algo: la situación actual no es como cuando la Peste Negra del siglo XIV, y ni siquiera como cuando la gripe de 1918 (mal llamada “española”). La humanidad ya está preparada para derrotar a una pandemia. Es un problema que ya hemos superado como especie… solo que estamos dominados por un sistema económico que es una traba para nuestro desarrollo. Es el capitalismo el que no ha superado este problema. Nos toca, pues, superarlo a él, siguiendo la hermosa epopeya de lucha emprendida por el pueblo chino hace ya casi un siglo. Y nos va en ello ya hasta la propia supervivencia.

No será fácil, pero lo primero es tenerlo claro nosotros mismos. China ha dado una lección al mundo, es cierto. Pero el mundo es un mal estudiante, constantemente distraído o mirando, enamorado, a los “hermosos” mercados que se sientan en la mesa de al lado. La izquierda no debe ser también una alumna distraída y perezosa. Aprender la lección de China, primer país en superar la crisis del coronavirus, es en realidad algo sencillo: solo un Estado que controla los resortes fundamentales de su economía y la planifica puede salir adelante y sin empobrecer a su población en esta crisis sin precedentes… y en la que vendrá después.

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